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Sangre naranja

07 Jul. 2017

Sangre naranja

Hoy los medios de comunicación y políticos, tanto oficialistas y supuestos opositores ven con deleite las pugnas al interior de las Fuerza Popular. Ven allí, y alientan sin pudor, una supuesta guerra fratricida y sueñan con que esa bronca deje en escombros el partido político más sólido de los últimos años.

Tal es el afán, que poco importa ensalzar y elevar la figura de Kenji Fujimori a la categoría de libertador del partido. El que hasta hace poco era ridiculizado e insultado por travesuras infantiles y declaraciones, hoy es visto como el único capaz de desplazar a su hermana del liderazgo de oposición.

El objetivo resulta evidente: minar la posición de Keiko Fujimori, fragmentar la bancada más sólida de los últimos años y fomentar pugnas internas, con tal de debilitar a la oposición frente al gobierno de Pedro Pablo Kuczynski y reducir la intención de votos de quien se ha convertido en una protagonista de las últimas lides electorales.

En ese objetivo han alentado, hasta ahora, sin éxito batallas cainitas; un tuit o unas declaraciones son vistos como la quijada de burro que reclama su uso bíblico e incluso arriman el arma para que algunos de los dos lo vean.

Han olvidado batallas ideológicas, han desaparecido del escenario político a su lideresa y han ignorado vergonzosamente las disputas en el Frente Amplio, en que se jalonean por un espacio político, presidencias de comisiones, liderazgos de grupúsculos y sobre todo por los fondos del financiamiento estatal a los partidos políticos.

NI siquiera se preocupan por las broncas en Peruanos por el Kambio, partido de gobierno.
La renuncia de tres miembros del Comité Ejecutivo Nacional del oficialismo apenas ha valido notas marginales, y en el Frente Amplio, las públicas acusaciones, las deslealtades vistas en la comisión de Ética, las arbitrarias expulsiones de la bancada, poco importan.

Por primera vez en este siglo, los medios de comunicación han puesto sus ojos críticos en la oposición, ignorar el descuido en la labor fiscalizadora ante el Ejecutivo, sin importar que sea allí donde está el poder de decidir sobre el presupuesto nacional o a quien adjudicar obras y proyectos.
¡Sangre, sangre, sangre!, reclama la mayoría de medios y políticos, y si aquella es naranja, mucho mejor.