Jesús renunció a la Gloria de Hijo de Dios y se hizo hijo del hombre para redimirnos.

Papa Francisco nos enseña a mirar esta “catedra de Dios” para aprender el amor humilde que salva.

En este Domingo de Ramos, o Domingo de Pasión, el Papa Francisco alentó a los fieles a llevar la cruz con paciencia y no rechazarla, y recordó que Jesús “no es un iluso que siembra falsas ilusiones” o “un profeta ‘new age’” que vende humo; sino el Mesías verdadero.

“Para seguir fielmente a Jesús, pedimos la gracia de hacerlo no de palabra sino con los hechos, y de llevar nuestra cruz con paciencia, de no rechazarla, ni deshacerse de ella, sino que, mirándolo a Él, aceptémosla y llevémosla día a día”.

Hemos hecho nuestro aquel entusiasmo agitando las palmas y los ramos de olivo, hemos expresado la alabanza y el gozo, el deseo de recibir a Jesús que viene a nosotros. Del mismo modo que entró en Jerusalén, desea también entrar en nuestras ciudades y en nuestras vidas y claro, en este nuestro Perú que este año ha sufrido los embates del clima, no como un castigo, sino como una prueba de unión y reconciliación.

Que nada pueda detener el entusiasmo por la entrada de Jesús como estandarte de perdón en nuestros pueblos; que nada nos impida encontrar en Él la fuente de nuestra alegría, de la alegría auténtica, que permanece y da paz; porque sólo Jesús nos salva de los lazos del pecado, de la muerte, del miedo y de la tristeza.

La Liturgia nos enseña que el Señor no nos ha salvado con una entrada triunfal o mediante milagros poderosos. Por ello, el apóstol Pablo, sintetiza con dos verbos el recorrido de la redención: «se despojó» y «se humilló» a sí mismo.

Estos dos verbos, señaló el Santo Padre Francisco, nos dicen hasta qué extremo ha llegado el amor de Dios por nosotros. Jesús se despojó de sí mismo: renunció a la gloria de Hijo de Dios y se convirtió en Hijo del hombre, para ser en todo solidario con nosotros pecadores, Él que no conoce el pecado.

Podemos aprender este camino deteniéndonos en estos días a mirar el Crucifijo, es la “cátedra de Dios”. Por ello, los invito en esta semana, dijo el Papa Francisco, a mirar frecuentemente esta “cátedra de Dios”, para aprender el amor humilde, que salva y da la vida, para renunciar al egoísmo, a la búsqueda del poder y de la fama.

No podemos olvidar que muchos viven un mundo preocupado por los dividendos, la rentabilidad y el cálculo pragmático, donde se tiene prisa sin saber por qué, a pesar de ellos, hay que dar las gracias por ser cristianos y penetrar profundamente en nuestra Semana Santa.

Vivimos a la carrera, con tanta agitación que no nos damos cuenta que estamos viviendo; qué paradoja tan absurda. La velocidad de los acontecimientos es tan grande que no nos permite distinguir los hechos, vivirlos, gozar la vida, detenernos, profundizar, tener reposo.

Cuando nos acostumbramos a vivir a una cierta velocidad (si ya no se produce eso que muchos llaman adrenalina, la vida se nos frena de ilusión). Y cuando se nos para en seco, se nos quita la pasión por la velocidad, por la prisa, nos viene el aburrimiento, parecería que nos cuesta vivir y hasta el esplendor de la cara pierde la risa, se pone torva la mirada y el caminar se encoge de nostalgia añorando la loca prisa.

Pero el vértigo de la velocidad, produce varios efectos nocivos a la calidad del ser humano, el primero es la superficialidad. No se tienen experiencias profundas, no se medita las raíces, no hay espacio para la quietud, para la contemplación a la esposa, para oír la risa alegre de un hijo, para recapacitar en el amor a tus padres, la estima a un buen amigo y al mundo del bello recuerdo y a mirar y respetar a tu prójimo, quizás más que a ti mismo. La pintura, la música, la poesía se nos vuelve naturaleza muerta a la cual no podemos penetrar, porque somos una mueca de insensibilidad.

La meditación, los espacios de reflexión, no tienen sitio en la vida llena de velocidad (por eso es frecuente que la gente diga que no tiene tiempo, o que no le alcanza el tiempo). Se tienen tantas informaciones que no hay reflexión sobre los acontecimientos importantes y trascendentes en la vida como la SEMANA SANTA y su tremendo significado, No hay sosiego para darse un espacio a sí mismos, somos hombres devoradores de noticias, imbuidos en la estafada premisa de la globalización.

Todo se vuelve provisional, no indispensable, “todo es usar y tirar”, nada es duradero, la comida es al paso, los envases provisionales, hasta los seres queridos son “wash and wear”, los besos no se sienten con el alma, se dan al paso como la comida chatarra, el matrimonio es por correspondencia y los hijos hechos en probetas, sin el calor y el color fuerte del sexo y el amor.

Hoy digo que sí, mañana no sé qué pensaré, no hay principios estables, no hay compromisos duraderos y no hay seres indispensables, incluidos el padre y la madre.

El amor filial ya no es indispensable, no es fácil escuchar acaso “cada hijo sigue su camino en la vida”; obviamente, menos habrá matrimonios duraderos cuando el divorcio es alentado y aplaudido como algo natural y más estable que el mismo matrimonio.

Es así que los compromisos, el matrimonio o los amigos duran unos cuantos “plazos”, hasta que encuentro “un nuevo producto” que me guste más, que ya no me aburra o moleste, de tanto verlo y muy simple, lo cambio por uno nuevo, siguiendo la mercadotecnia del momento.

Ese es el gran pecado del hombre de hoy, el de nunca comprometerse, el de no sé, no conozco, no opino, no me importa, tengo cosas más importantes, soy importante, lo tuyo no es importante.

Creo que es la hora de meditar y decirnos, si hasta ahora hemos sido un Judas traidor en todo el espectro de su malignidad, como el no amar, desconfiar, hablar mal, envidiar, utilizar y vender al prójimo, o un profundo egoísta como Poncio Pilatos que lavó sus manos con el no sé, no conozco, no opino, como la ciudad de Filadelfia en el Apocalipsis, cuando en ella se expresa que el hombre no debe ser de “aguas tibias” o te manifiestas en tu vivencia de vivir o por omisión pecas quizá más que por acción, o un inmoral Barrabás pecado del mismo pecado.

Bueno, si hasta ahora hemos sido parte de esta gama deshumanizada, malévola y globalizada, producto del consumismo idiotizado del liberalismo salvaje de nuestro tiempo, debemos tratar de enmendar y ser mejores empezando por cumplir con el mandamiento del humanismo cristiano que es el amar a tu prójimo quizás más que a ti mismo, de esta manera habremos desglobalizado el mundo de egoísmo y lo habremos globalizado con amor.

Todos debemos creer en lo manifestado por el Papa San Juan Pablo II, cuando dijo: “nace un milagro (lema de su visita a México), ya que esta nueva época que se aproxima debe llevar a consolidar la Fe en Jesucristo” y consolidarnos en el amor y la ayuda al prójimo a través de Cristo y cumplir con la Iglesia, sus mandatos y sobre todo cumplir con la obligación cristiana de evangelizar en tu prójimo.

Esta Semana Santa es importante y trascendente para el cristiano, por cuanto es propicia e inspiradora para una profunda meditación y a través de ella llegar a revisar con profundo amor reverencial, los principales acontecimientos de la Muerte y Resurrección de Jesucristo, obviamente participando en las celebraciones litúrgicas y los hechos principales de la Historia de la Salvación.

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