Día de la madre, día de siempre

Por: Néstor A. Scamarone M.

“El corazón de una madre es un abismo profundo en cuyo fondo siempre encontrarás perdón”. Honoré de Balzac.
Todos los años tengo que escribir sobre esta fiesta sencilla en homenaje a todas las madres del mundo; y también una protesta viva contra una sociedad hedonista y de consumo, donde una de cada tres mujeres recibe violencia familiar y se confunde mujer y madre con imagen material de ventas para cada segundo domingo de mayo.

Una sociedad de hombres que ganan dinero y hacen la guerra, un mundo de computadoras, con globalización del alma, automatizado y a veces perverso, donde se ha mudado el principio cristiano de “amar a tu prójimo como a ti mismo”, palabra de Dios que se nos está desvaneciendo, para convertirse en “defiéndete y lucha contra tu prójimo”.

Bueno, en éste mundo para nada se tiene en cuenta a las madres, porque en este materialismo del liberalismo salvaje, las madres sólo existen como un eslabón necesario en la cadena de procreación y para acordarnos un poco en esos domingos de mayo.

El Día de la Madre tiene su antecedente en 1905, en la ciudad de Philadelfia cuando una joven llamada Ana Jarvis perdió prematuramente a su madre. Fue tal su dolor que el único consuelo que halló consistió en reivindicar un día festivo en la ciudad, para que todo el mundo pudiera rendir un merecido homenaje a la figura de la madre. Escribió muchas cartas a personajes importantes, periódicos e instituciones, hasta que su empeño y tenacidad obtuvieron la recompensa merecida.

Sería 1914 cuando el presidente Woodrow Wilson firmó la petición y declaró definitivamente el “Día de la Madre” como fiesta nacional, fijándose la fecha del segundo domingo de mayo para su celebración. Desde entonces los hijos celebran esta fecha en compañía de sus madres y quienes han tenido la alegría de que ellas estén con Dios, las recuerdan desde el fondo de sus corazones. En nuestro país se oficializó el 14 de abril de 1924, cuando el gobierno de Augusto B. Leguía promulgó un Decreto Supremo instituyendo el “Día de la Madre”, que en adelante se celebraría cada segundo domingo de mayo

Escribí hace muchos años en un diario de Madrid, algo que traigo a la memoria, sobre todo ahora que mi madre se fue a la verdad de Dios: “En éste día debemos reflexionar sobre aquellos viejos queridos padres, abuelos, que siempre olvidamos(…), esos esforzados seres que labraron nuestras vidas, que cuando tenían sus manos y sus ojos jóvenes jugaban con nosotros en nuestra dulce niñez, nos labraron el camino a seguir”.

“Como duelen algunas palabras y gestos, que hacen marcar distancia, como: “Ya no se qué hacer contigo, ni dónde ponerte, tu paso es lento, tus palabras reiterativas y cansadoras, yo ya estoy a otro ritmo, tu eres de otra época y en ésta ya no tienes cabida”, vale decir – tu tiempo ha concluido y acabado”.

Si lo que se siembra se cosecha, auguramos a las madres el amor y el respeto de sus hijos y nietos, auguramos la cuiden en la dulzura de su vejez, auguramos la caricia, la mano filial como guía de sus pasos cansados e inseguros, auguramos el reconocimiento y amor para aquellas que siempre nos dieron sin pedir y auguramos las lleven de la mano hacia las nuevas esperanzas, hacia esos nuevos cielos por conocer.

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