Escribir es una fiesta que nunca termina

Por: Nestor A. Scamarone*

No existe a mi parecer, actividad más feliz, más divertida y que alimente más la imaginación, como el escribir. Al dibujar con el pincel de la imaginación esas amadas palabras, la mente y el alma vuelan; el misterioso florecimiento del lenguaje parece latir en el cerebro como un calidoscopio que revienta en mil colores y formas.

Se podría decir que los recuerdos para el escritor tienen vida presente. Técnicamente hablando, son sustancias invisibles estimuladas por chispas inteligentes, inadvertidas y luminosas. Gracias a una metodología todavía misteriosa, el cerebro los va almacenando por todas las áreas del espíritu, para que los busquemos en el inconsciente cuando sean necesarios.

No podemos olvidar que más allá de las líneas de las palabras impresas, están los ambientes donde los escritos fueron imaginados y sin los cuales los libros no podrían existir. A veces me resulta tan fascinante estar en parajes de mi niñez o atardeceres tibios de verano, tan dulces y misteriosos siempre llenos de nostálgica pasión, que me hacen anhelar los aún no vividos.
Soy un escritor absolutamente deslumbrado por los lugares; gran parte de mi escritura es una forma de saciar la nostalgia y el recuerdo, y los ambientes que habitan mis personajes son para mí tan cruciales como los personajes mismos. No podría escribir ni siquiera un cuento para niños, sin ver vívidamente lo que ven sus personajes y es que las historias para mis artículos y otros, me vienen como fantasmas que necesitan encarnaciones precisas, para que caminen, tengan vida, pasiones y deseos.

La prosa y el poema son un instrumento de la vida contra la muerte, pero hay que estar despierto para escuchar su sonido; por eso es bueno leer, para que nos coja en el instante en que pasa por nosotros el viaje de la escritura ajena. Hay algo extraño, sublime, y es además misterioso imaginar por qué los libros se quedan primero en la retina anímica de los escritores y después pasan a formar parte de la piel de los lectores, que son otros y distintos a partir de lo que leen.

Yo no sé por qué escribo. Quizá por sentirme vivo o por entretenerme o veces por jugar con las palabras que tanto amo y como diría Neruda “…Vocablos amados… Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner en todos mis poemas. Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas.

Siguiendo las palabas del vate: “Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalo de la ola, todo está en la palabra”. O quizás a veces escribo porque hay algo misterioso y a la vez sublime en esa vocación de inventar las vidas de otros o de prolongar las propias. Cuando escribo, lo que hago es recordar lo que sacié con mi vehemencia por vivir, y de ahí en adelante todo es ilusión, pasión, y soñar y soñar, porque escribir es un viaje, una fiesta que nunca termina. Y a mí no me gusta irme de las fiestas.

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