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Opinión

Huelga de maestros: La de nunca acabar

19 Aug. 2017

Huelga de maestros: La de nunca acabar

Por: Francisco Chirinos Soto

Con la interpelación a la que será sometida en los próximos días la Ministra de Educación, doña Marilú Martens, se ha venido a añadir un nuevo elemento a todos aquéllos que tienen sumida a la paralización de actividades de la enseñanza pública en lo que, sin la menor exageración, puede calificarse como un verdadero caos. Ni las agresivas actitudes de ciertos dirigentes gremiales radicalizados ni las paternales exhortaciones del Presidente de la República pidiendo a los profesores del país el retorno a sus actividades han logrado el más mínimo efecto positivo. Únicamente han conseguido endurecer el conflicto que amenaza prolongarse hasta las calendas griegas.

SUTEP, sigla que corresponde a la denominación de Sindicato Único de Trabajadores de la Educación Peruana, ha perdido por completo su vigencia porque al interior del movimiento gremial de los profesores han aparecido otros grupos y tendencias, cada uno de los cuales se atribuye o pretende ostentar la representación cabal de los cuatrocientos mil docentes públicos que atienden a nuestras escuelas. Ha irrumpido en el escenario un personaje, don Pedro Castillo, que muestra condiciones de líder y que exige para la facción que encabeza el reconocimiento por parte del Ministerio de Educación de su representatividad respecto de la totalidad del profesorado nacional involucrado en el conflicto. Tal exigencia, obviamente, no puede ser atendida, puesto que es visible la existencia de otros grupos y liderazgos que reclaman un reconocimiento parecido o equivalente.

Quiere decir, pues, que del lado de los trabajadores de la educación nacional, no existe un frente único o una entidad sindical que los personifique a todos. En tales condiciones, es sumamente difícil encontrar una solución a este tremendo problema que es la huelga. En toda negociación, las partes deben estar perfectamente identificadas y representadas. Algo semejante –no idéntico, por cierto- se aprecia del lado patronal, en que el Presidente de la República no actúa en rigurosa inteligencia con su propia ministra y otros calificados funcionarios del sector.

La interpelación puede constituir un factor a través del cual se consiga aproximar una fórmula de arreglo. Ha dicho al respecto Mauricio Mulder, vicepresidente del Congreso, que la interpelación no necesariamente ha de conducir a una censura. Es verdad, teóricamente, ya que en la práctica la mayoría de interpelaciones han concluido con el respectivo ministro derrumbado. Tampoco la caída de la ministra Martens puede ser convertida en una tragedia, cuando allí puede ubicarse el punto de partida para un arreglo. El nuevo ministro, que deberá ser cuidadosamente escogido, habrá de contar con sus propias aptitudes y energías, así como con el respaldo cabal del Jefe del Estado y del Presidente del Consejo, para llevar adelante la ciclópea tarea de devolver la normalidad en la enseñanza pública.

La solución, obviamente, no radica en atender todas las demandas. Así sería muy fácil arreglarlo todo. Se han producido avances de parte del Gobierno en cuanto a mejorar los niveles de ingresos de los profesores. Sin embargo éstos reclaman que esas propuestas se conviertan en normas publicadas en El Peruano que constituyan un compromiso ineludible y una obligación de cumplimiento imperioso. Creo que tienen toda la razón en esa exigencia.