La mala comunicación (II)

Por: Jorge Rochabrunt Gamarra

Cuando más cruenta y contradictoria se pone la política y más tenue pinta el horizonte de alcanzar un equilibrio en el poder que aporte gobernabilidad, más se exige aplicar el principio de realidad como método para entender cómo actuar en política y cómo hacer la comunicación de esa política. Este principio exige mirar la realidad sin filtros, aceptarla y pensar en qué quiero hacer. El péndulo siempre irá desde la gestión de la realidad hacia la destrucción de esa realidad. Son alternativas, decisiones. El costo político, económico y social, es lo que determina ser realista: me sumo a resolver, a joder o a pasear. Así de simple. Pero en tal escenario, no actuar, quedarse inmóvil, es imposible.

Sobre todo si tanto en el poder ejecutivo como en el legislativo, se han instalado actores con agendas y capacidades que no están en la política puramente química: empresarios, lobistas, creadores y herederos de imperios y dudosos apellidos, espectros, zombis, militantes e invitados, sospechosos de menor cuantía y peces gordos, famosos y anónimos, dichosos y desdichados, caciques, luces y sombras por doquier, pero algunos, muy pocos, realmente actores políticos. Tanto en curules como en carteras ministeriales vemos a personajes que todo mundo se pregunta ¿Por qué está allí? Y ¿Qué hacemos con ellos?

Pues bien. Varios de ellos están y han venido para quedarse cinco largos años. Así que a llorar al río y coger el toro por la astas. Nos guste o no –esto agarra a todos- PPK es el Presidente de todos los peruanos y lidera el gobierno peruano y Keiko Fujimori lidera la mayor fuerza política del Congreso, están bien organizados y detentan el poder democrático de legislar, fiscalizar y eventualmente, neutralizar al gobierno mientras que pueden ser neutralizados por este mismo gobierno, todo a costos políticos muy altos para el futuro del país. Como en la guerra fría, todos pueden disparar las armas atómicas pero todos saben que todos mueren, ergo, nadie dispara realmente.

Esta es una verdad. No es una opinión, no es un enfoque. Se sustenta en datos de la realidad. Ese es nuestro contexto político. ¿Cuál debería ser entonces el contexto comunicativo de ese escenario político? Nuevamente, hay un tema de propósitos diferentes en la comunicación de la política que depende de la posición en la política.

Los ciudadanos saben perfectamente que los mensajes y discursos de la campaña electoral tienen fecha de caducidad como los productos en el mercado. Y mucho de ello tiene de publicidad engañosa tanto en el caso de PPK como de Keiko. Ya en el poder, se espera acción y comunicación de resultados medibles, de cosas que sumen. Una vez terminada la contienda electoral y visto el resultado político tenemos un gobierno y un congreso instalados, de los que se demanda otras conductas políticas y otra comunicación política. Ahora se trata de resultados tangibles, de posiciones firmes, de visión amplia, de reflejos rápidos, de análisis y no de parálisis. Ya no se trata de ganadores y perdedores, se trata de productos y servicios en democracia. De soluciones eficientes y de alto impacto y no de nuevos problemas y más contienda.

Para el jefe de Estado, aquel político que ha trascendido la esfera de la contienda política y que hoy tiene que liderar la cosa pública, actuar y comunicar constituyen (deberían constituir) la misma cosa. Hace veinticinco o treinta años, las cosas se resolvían con asesores de prensa, es decir, periodistas o ex periodistas que manejaban las riendas del diálogo político del líder o jefe de Estado con el periodismo, para llegar a la gente de a pie. Luego vino la imagen y por último la reputación. Sin embargo, ¿Cómo marcar la diferencia del político con el estadista?

Entender la política supone reconocer lo que es importante, es decir, todo aquello que influye en forma destacada sobre el resultado de los acontecimientos. Significa conocer lo que es valioso, la influencia de cada resultado político sobre nuestros valores y sobre las personas y cosas que nos interesan-, y significa también conocer lo que es real y verdadero.

La política es una cuestión de comunicación, en la que los mensajes generados por el líder político o por el grupo político tienen que contrastarse con los mensajes que llegan de la realidad, es decir, de la economía, de los sindicatos y gremios, de los adversarios y enemigos, del exterior, de los empresarios, de los distintos grupos étnicos y sociales. En la contienda electoral el político trata de agregar a los diversos para conseguir el sentido único que los motive; en el Estado, el gobernante debe captar los diferentes sentidos de la diversidad, apreciarla y entenderla para construir las soluciones que permitan caminar en la gobernabilidad con programas segmentados y claramente diferenciados. Y la comunicación política desde el Estado debe contar con tal propósito.

(Próxima semana: En la mala comunicación III, una propuesta de construcción de propósitos comunicativos desde ambos bandos para darle espacio de gobernabilidad a la política)

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