logo La Razón
El diario de todos los peruanos
Opinión

Yom hashoá

12 May. 2017

Yom hashoá
Alter B. Himelfarb

Por: Alter B. Himelfarb

Yom Ha-shoá, del hebreo, según el Diccionario de Arie Comey y Dov Yardén, significa en su orden, “Día (de recordación) de la ruina o de la destrucción o de la calamidad o de la catástrofe o del HOLOCAUSTO. De todas las acepciones mencionadas, se ha escogido la del “Holocausto”. A su vez, ésta palabra, viene del griego –(Diccionario Larousse) Holos: Todo y Kaustos: Quemado. Traducción que más se ajusta a la realidad de la cremación (fuego) a que fue sometido el pueblo judío, particularmente en la II Guerra Mundial.

Este día, fue designado desde la época de la fundación del Estado de Israel, por los líderes, entre ellos, David Ben-Gurión e Yitzhak Ben-Zvi, para ejecutar actos in-memoriam, el día 28 del mes hebreo de Nisán, que éste año 2017, coincidió con el pasado 24 de Abril.

Fue tan desastroso, repugnante, terrible, devastador, catastrófico, etc., lo acontecido en los llamados “campos de concentración”, construidos por la Alemania NAZI y encontrados por el ejército norteamericano, que el Comandante General de las Fuerzas Aliadas, General Dwight Eisenhower –unos años más tarde, Presidente de los Estados Unidos-, le dijo a los periodistas que tomaran todas las fotos que pudieran, porque no tardaría el primer hijo de puta, así textualmente en decir que “eso” nunca ocurrió.

Pero en la columna de hoy, quiero resaltar, no el desastre causado por la guerra en sí, los bombardeos, destrucciones, incendios, etc., que ello sería lo menos grave, sino en el silencio mundial ante un asesinato programado, “industrializado”, debidamente calculado, donde muy pocos se libran de tener responsabilidad o ser cómplices de la destrucción sistemática de un grupo humano, el pueblo judío…el pueblo hebreo.

Por una parte, los soldados de la Alemania Nazi, una vez tenían sus días libres y volvían a sus hogares, comentaban con sus esposas, cuñadas, madres, primas, abuelas, tías y demás familiares, de cómo llegaban ellos a los apartamentos donde vivían los judíos, ultrajándolos, a empellones, haciéndoles salir a culatazos, permitiéndoles llevar en una pequeña maleta, los elementos más esenciales, lo cual era además una burla, ya que los introducían en vagones férreos para transporte de animales, hacinados, donde fácilmente podían pasar días sin salir, haciendo sus necesidades digestivas dentro de los mismos vagones, allí mismo donde estaban parados, pues eran largas jornadas y vagones sin asientos y sin una gota de agua. Toda esa información tenía que circular y nadie decía nada.

Las fábricas que vendían los ladrillos corrientes y los ladrillos refractarios para los hornos y el cemento y vigas y ángulos de hierro y otros materiales de construcción, tenían que estar sorprendidos de la magnitud de las obras. Era imposible que faltara la pregunta: “Y para qué es todos eso?” Los obreros que construían los Campos de Concentración, tenían que asombrarse de lo que estaban construyendo, de las chimeneas que estaban montando, que no eran propiamente para expeler gases producidos por fabricación o industriales, porque no había máquinas. Los que construían los galpones y los que tenían que hacer las instalaciones eléctricas y tuberías apropiadas por los techos, por donde debía fluir el gas venenoso con el que iban a matar en masa a millones de judíos. Todos ellos sabían lo que estaba aconteciendo. Siemens sus directivos tenían que saberlo y comentarlo en casa, durante la cena o en cualquier reunión familiar.

Ni qué decir, de las fábricas que producían los gases venenosos, como Bayer. ¿Tanto gas venenoso, para qué? Tenían que saberlo.

¿Y los conductores delos trenes?, llevando gente como animales… Tenían que saberlo y era el tema de conversación con su familia íntima…
¿Y el oficial del ejército a cargo del campo de concentración? Algunos tenían su casa dentro del Campo, gozando de la compañía de su esposa que con frecuencia regresaba a su casa a saludar y conversar con su familia

Los soldados que permanecían en los “Campos de Concentración”, cada vez que tenían su tiempo libre y regresaban a su hogar, hablaban con sus esposas, suegras, familiares, sobre cómo llegaban a dichos campos, en trenes de carga para animales, los judíos. De cómo se les recibía, de cómo se les tatuaba una numeración en su brazo….¡Já!…ya se me estaba pasando: las fábricas de tintas como Pelikan, Beiersdorf, Staedtler y otras, tuvieron que desarrollar las inquietudes del Führer Hitler.
(*) Miembro A.I.E.L.C.